• Document: La ley del espejo. C comanegra. Yoshinori Noguchi. Traducción de Mercé Torra
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La ley del espejo Yoshinori Noguchi Traducción de Mercé Torra C comanegra Eiko Akiyama, un ama de casa que cumplirá 41 años, estaba preocupada. Su hijo Yuta, de 5° de primaria, es maltratado en el colegio por sus compañeros. Aunque diga que lo maltratan parece ser que no llegan a golpearle. Lo más habitual es que los compañeros le ignoren o que le acusen de cualquier problema que surja. «No me maltratan», insiste Yuta, pero a Eiko le duele en el alma ver a su hijo tan solo y triste. A Yuta le gusta el béisbol, pero sus compañeros no le invitan a jugar; así que, al regresar del colegio, se va solo al parque a jugar a pelota contra la pared. Hace unos dos años, hubo un tiempo que Yuta jugaba a béisbol con los amigos. Durante esa época, Eiko le había visto jugar en el patio del colegio a la vuelta de la compra. Pero Yuta cometió un error durante un partido y le culparon mucho. Los compañeros de equipo le acusaron a gritos sin piedad: «¡Tus reflejos son demasiado lentos!» «¡Por tu culpa hemos perdido 3 puntos!» «¡Si perdemos es culpa tuya!» Eiko pensó: «Es cierto que las habilidades deportivas de Yuta no son excelentes, pero tiene también sus virtudes. Con lo buen chico que es.„». Lo que más la hería era que no dieran ningún valor a las virtudes de su hijo. Y le fue muy duro ver cómo Yuta aguantaba los terribles comentarios de los compañeros de equipo mientras se disculpaba con una sonrisa. A partir de ese incidente dejaron de invitarle para jugar a béisbol. —Tú no puedes jugar con nosotros porque nos haces perder —le dijeron. Parece ser que para Yuta lo más duro era que ya no le invitaran nunca a jugar a béisbol. Y además esto se hizo notar en un considerable aumento de malas caras y enfrentamientos con Eiko. Pero Yuta no quería hablar con su madre de sus problemas ni de la soledad. Insistía en lo de «Yo no tengo ningún problema ». Para Eiko lo más duro era que Yuta no le abriera su corazón. Aunque ella intentara enseñarle el «buen modo de relacionarse con los amigos », él sólo le decía: «¡No me des la lata!», «¡Déjame en paz!». A la mañana siguiente Eiko decidió que llamaría a alguien. Llamaría a Yaguchi, un conocido de su marido. Eiko no había hablado nunca con Yaguchi, pero tenía la tarjeta de visita que le había dado su esposo. Yaguchi había practicado kendo en el mismo gimnasio que su marido durante los años de instituto. Se encontraron por la calle por casualidad después de veinte años sin verse. Hacía mucho que no se veían, así que se emocionaron mucho y decidieron entrar en una cafetería, donde estuvieron charlando varias horas. Yaguchi trabaja como asesor de empresas. Según su marido, Yaguchi sabe mucho de psicología y es muy bueno solucionando problemas de empresas y personales. Parece que su marido le comentó por encima los problemas de Yuta y dijo: «Quizá pueda ayudarte», y le pasó su tarjeta. Ese día su marido le dio la tarjeta mientras decía: —Si quieres, llámale, yo ya le he hablado un poco del tema. —¿Por qué tengo que hablar con alguien que no conozco? ¿No es mejor que seas tú quien le pida consejo? —Yo es de ti de quien estoy preocupado. Te pasas el día preocupada por Yuta; así que se lo comenté a Yaguchi. Y cuando le sugirió cambiar de colegio le replicó: «¡Si me cambiáis nunca os lo perdonaré! ». Eiko se sentía inútil y miserable al pensar que no podía hacer nada para solucionar los problemas de su hijo. Un día, después del colegio, Yuta fue al parque, como era habitual, pero regresó enseguida y de muy mal humor. Aunque le preguntara qué había pasado, sólo contestaba: «Nada». El misterio lo resolvió pronto una llamada de teléfono. Esa noche una amiga del barrio le llamó. —Eiko, ¿Te ha dicho algo Yuta? —¿Sobre qué? No. —Esta tarde fui a los columpios con mi hijo. Yuta llegó, y como siempre empezó a jugar a pelota contra la pared. Entonces llegaron 7 u 8 niños de su clase y gritaron: «¡Lárgate que vamos a jugar a béisbol y molestas!»; y uno de ellos le ha golpeado con el balón. Yuta se ha marchado enseguida. Lo siento mucho porque yo no he podido hacer nada. Eiko se quedó atónita. «¿Por qué no me ha dicho nada...?» Le entristecía mucho que no le dijera nada a pesar de sufrir una experiencia tan desagradable. Esa noche no tuvo ánimos ni de intentar hacer hablar de nuevo a su hijo. —¿Qué me quieres decir, que yo tengo un problema? ¡Es natural que esté preocupada! ¡Soy su madre! Tú te pasas el día en el camión y por esto estás tan tranquilo. Quien está realmente educando a Yuta soy yo. Tú no quieres ni compartir conmigo la preocupación. No tengo la intención de hablarlo con este hombre. Estoy segura de que no tiene ni idea de cómo educar a un niño. Acto seguido Eiko tiró la tarjeta sobre la mesa. Una semana después Eiko estaba completamente hundida y dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo. La noche anterior había recibido la llamada de la amiga contando lo que había ocurrido en e

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