• Document: MANIFIESTO CUBISTA 1912 Guillaume Apollinaire
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MANIFIESTO CUBISTA 1912 Guillaume Apollinaire LA PINTURA CUBISTA I Las virtudes plásticas: la pureza, la unidad y la verdad tienen bajo si a la naturaleza domada. Inútilmente se cubre el arco iris, las estaciones tiemblan, las muchedumbres corren hacia la muerte, la ciencia deshace y recompone lo que existe, los mundos se alejan para siempre de nuestra concepción, nuestras fugaces imágenes se repiten o resucitan su inconsciencia y los colores, los olores, los rumores que impresionan nuestros sentidos nos sorprenden, para desaparecer después en la naturaleza. Este fenómeno de belleza no es eterno. Sabemos que nuestro espíritu no tuvo principio y que nunca cesara, pero, ante todo, nos formamos el concepto de la creación y del fin del mundo. Sin embargo, demasiados artistas-pintores siguen adorando las plantas, las piedra, la ola o los hombres. Nos acostumbramos pronto a la esclavitud del misterio, que termina por crear dulces placeres. Dejamos a los obreros gobernar el universo, y los jardineros tienen menos respecto por la naturaleza que los artistas. Ya es hora de ser sus amos. La buena voluntad no garantiza en absoluto la victoria. De este lado de la eternidad danzan las mortales formas del amor y el nombre de la naturaleza resume su pésima disciplina. La llama es el símbolo de la pintura y las tres virtudes clásicas flamean radiantes. La llama tiene esa unidad mágica por la cual, si se la divide, cada llamita es semejante a la llama única. Finalmente, tiene la verdad sublime de la luz que nadie puede negra. Los artistas-pintores virtuosos de esta época occidental consideran su pureza en oposición a las fuerzas naturales. Ella es el olvido después del estudio. Y para que un artista puro muriera no deberían haber existido todos los de los siglos pasados. La pintura se purifica en occidente con aquella lógica ideal que los pintores antiguos transmitieron a los nuevos como si les diesen la vida. Y esto es todo. El hombre vive en el placer, otro en el dolor, algunos malbaratan la herencia, otros se hacen ricos, y otros, finalmente, no tienen mas que la vida. Y esto es todo. No se pueden llevar consigo a todas partes el cadáver de nuestro propio padre. Se le abandona en compañía de los muertos. Se le recuerda, se le llora, se habla de el con admiración. Y, si nos toca llegar a ser padres, no debemos esperar que uno de nuestros hijos vaya a desdoblarse por la vida de nuestro cadáver. Pero en vano nuestros pies se levantan del suelo que guarda los muertos. Estimar la pureza es bautizar el instinto, humanizar el arte y divinizar la personalidad. La raíz, si el tallo, la flor de lis muestran la progresión de la pureza hasta su floración simbólica. Todos los cuerpos son iguales ante la luz y sus modificaciones surgen de este poder luminoso que construye a su voluntad. Nosotros no conocemos todos los colores y cada hombre los inventa nuevos. Pero el pintor debe, ante todo, representarse su divinidad, y los cuadros que ofrece a la admiración de los hombres le concederán la gloria de ejercer momentáneamente su propia divinidad. Para eso es necesario abarcar con una mirada el pasado, el presente y el futuro. El lienzo debe presentar esta unidad esencial que por si sola provoca el éxtasis. Entonces nada fugitivo nos arrastrara al azar. No volveremos atrás bruscamente. Libres espectadores, no abandonaremos nuestra vida por nuestra curiosidad. Los contrabandistas de las formas no defraudaran nuestras estatuas de sal ante la aduana de la razón. No vagaremos por el provenir desconocido, que, separado de la eternidad, no es más que una palabra destinada a tentar al hombre. No nos extenuaremos por aferrar el presente demasiado fugaz. Este no puede significar para el artista más que la máscara de la muerte: la moda. El cuadro existirá ineluctablemente. La visión será entera, completa y su infinito, en lugar de señalar una imperfección, solo hará remontarse la relación de una nueva criatura con un nuevo creador, y nada más. Sin lo cual no habrá unidad, y las relaciones entre los distintos puntos del lienzo con diferentes temperamentos, con diferentes objetos, con diferentes luces, no mostraran más que una multiplicidad de desemejanzas sin armonía. Porque si puede haber un número infinito de criaturas que testimonia cada una por su propio creador, sin que ninguna ocupe el espacio de las que coexisten, es imposible concebirlas simultáneamente y su muerte proviene de su superposición, de su mezcolanza, de su amor. Cada divinidad crea su propia imagen: así también los pintores. Solo los fotógrafos fabrican la reproducción de la naturaleza. La pureza y la unidad nada cuentan sin la verdad que no se puede comparar con la realidad, ya que siempre es la misma, al margen de todas las fuerzas naturales que se esfuerzan por mantenernos en el orden fatal en el que no somos más que animales. Ante todo, los artistas son hombres que quieren hacerse inhumanos. Buscan penosamente las huellas de la inhumanidad, huellas que no se encu

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